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¿Qué? ¿Un post? ¿Un propósito de año nuevo? ¿Una prueba más para vuestra paciencia? ¿Una excusa para poner fotos de Alison Brie en el blog? Sí, todo eso y quizá un poco más. Porque normalmente no hablo en Crisis Creativa de cosas que me encanten hasta el punto de extasiarme. Primero, porque hay pocas. Segundo, porque a las dos semanas ya se me está ocurriendo una forma mejor de expresar una u otra idea en el artículo, y mi perfeccionismo nos conduce a un cuento de nunca acabar donde Crisis Creativa no actualiza jamás. Como últimamente, vamos. Quizá por eso me atrevo ahora, y no antes, a escribir sobre la serie, sobre Community. Que no, no es la primera vez, algo escribí cuando iba por la primera temporada, que me había gustado sin encandilarme…tv-community-joel-mchale_24459105-e1363283486602

Es curioso como comencé esta serie con mi habitual escepticismo para terminar abrazándola como una de mis series favoritas, hasta el punto que me gustan incluso sus capítulos mediocres. Y es que para mí es algo importante a la hora de recomendar Community: es genial, pero es irregular. Si ves un capítulo excelente y esperas que todos mantengan el tipo, mala suerte, te llevarás una decepción importante. Si por el contrario, te dejas llevar por el atractivo natural de las situaciones, la originalidad de sus personajes, la cotidiana intriga de las tramas de cada temporada y la gloriosa visión de Alison Brie, seguramente podrás disfrutarla lo suficiente como para entender mi obsesión profunda con Community. Pero, ¿qué gancho tiene esta serie?

Lo que realmente me gusta de Community es que no es una serie para todos los públicos. No es una serie siquiera para un público mayoritario. Muchas veces me he encontrado exclamando por su enorme nivel de atrevimiento a la hora de hacer humor. Porque en el fondo es una serie blanca, pero goza de una buena dosis de humor negro, con chistes sobre el racismo, la religión, el machismo, la política, la sexualidad e incluso se atreve a bromear con el Holocausto o el 11S. También juega, y mucho, con los referentes, con los homenajes, con las parodias, con un nivel de “humor friki” (con perdón) muy superior al de una producción televisiva “mainstream” como The Big Bang Theory. La serie en ocasiones es cáustica o cínica, pero también es dulce, es amable, tiene un mensaje en el fondo sobre las relaciones humanas que va más allá de la tensión sexual durante una decena de temporadas entre dos personajes. Y eso también hace grande a Community.

¡Tensión sexual! O algo.

¡Tensión sexual! O algo.

Community rompe los esquemas y escapa de lo que Futurama describió con puntería: “La audiencia no quiere ver algo que sea original. Quiere ver lo mismo que ha visto ya tropecientas veces”. El gran acierto de la primera temporada es ese, escapar poco a poco de su mediocre y rutinario punto de partida, y la grandeza de la segunda (la mejor) es no repetirse, sino innovar para llevar la serie por un camino inesperado, único y en muchas ocasiones imprevisible. No es solo que me haga reír tanto como lo mejor de Los Simpson, Frasier o South Park (¿os he comentado ya que soy muy fan de todas estas series?), es que en ocasiones logra emocionarme, logra que conecte con sus personajes, y eso es algo que muy pocas sitcoms logran. Su exceso absurdo en las tramas se compensa con relaciones sólidas y creíbles entre personajes exagerados y locos, sí, pero también humanos. Y esa es la virtud definitiva de Community. Que por encima de su barniz ecléctico encontramos diálogos y reflexiones útiles para la vida (como en Los Simpson cuando realmente molaban) que podemos sentir como ciertos. Como propios.

Cuando uno comienza un capítulo de Community no sabe lo que le espera. Quizá sea una partida de Paintball a muerte, una aventura en globo, un videojuego de realidad virtual, una alucinación demencial o una guerra de almohadas a escala universitaria. O quizá sencillamente sea un trabajo de clase que no sale como esperaban, una mudanza o una fiesta de cumpleaños. Y tanto en un sitio como en el otro, la serie maneja varios niveles distintos, varias subtramas, entre 6 y 9 personajes protagonistas y, para colmo, una deliciosa combinación de comentarios sarcásticos, respuestas cortantes y violencia verbal contenida. Me encanta esta serie por todo lo que se atreve a mover en menos de 20 minutos, y por eso se lo perdono cuando intenta abarcar más de lo que puede, o cuando peca de modesta y ofrece solo un entretenimiento mediocre. Porque todos los ingredientes están ahí, y aunque la mezcla no sea perfecta todas las veces, me mantiene unido a esos personajes. Mezcla los capítulos autoconclusivos con pequeñas tramas temporada tras temporada que van avanzando para que ningún capítulo sepa a pérdida de tiempo del todo. Salvo el episodio final de la cuarta temporada que es una puta mierda.

Annie recriminándole  a Donald Glober ser negro dejar la serie.

Annie recriminándole a Donald Glover ser negro dejar la serie.

Es fácil ser superficial y decir que mi personaje preferido es Annie, pero también se puede ir a lo obvio y decir que es Jeff, o apuntar a lo salvaje y decir que es el brutal Pierce interpretado por Chevy Chase. Sin embargo, todos tienen algo que les hace únicos, todos tienen una pequeña parte de mí. El inconformismo light e inseguro de Britta, el patetismo de Troy o la locura apenas contenida de Abed, el personaje que decididamente nunca sobra en pantalla. En un momento o en otro, todos son odiosos, y en otros quisieras ser cualquiera de ellos, incluso Shirley, incluso Chang, todos tienen ese instante de brillo en algún capítulo que hace que tengan sentido, aunque sea como blanco de las bromas. La galería de secundarios, encabezada por el Decano, está formada por personajes excéntricos, aún más absurdos que los protagonistas, y que le dan un punto de color a cada aparición, a cada capítulo. Todos ellos han logrado grabarse en mi cabeza y, algunos de ellos, han conseguido el capítulo que por derecho propio les pertenecía. Pocas series gozan de personajes “de fondo” tan inolvidables.

¿Qué más quieres? Guiones atrevidos, humor sin frenos, diálogos delirantes, Alison Brie…  Si todo esto no te ha convencido, quizá nada pueda hacerlo. Ahora, amigo que no ha visto la serie, deja de leer, porque voy a comentar aquí mis primeras impresiones con los dos primeros episodios de la quinta temporada, el esperado regreso de Dan Harmon a la sala de guionistas de Community.

Más abajo no hay fotos de Alison Brie. Si no has llegado a la quinta temporada, detente.

Más abajo no hay fotos de Alison Brie. Si no has llegado a la quinta temporada, detente.

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Desvirtuando Series, Parte 2

Publicado: octubre 18, 2013 de Nubis en Internet, Opinión, Televisión

(Efectivamente, continuación del artículo del jueves sobre series, fans y descargas. O algo así).

Juego de Tronos:

*THE FAN: ¡Tyrioooon! ¡Tyrioooon! ¡Mi personaje favorito de todos los tiempos! Y eso que al principio no le hice mucho caso. ¡Menudo dibujo me he marcado de él! También me gustan mucho Jon Nieve, Arya, Daenerys… ¡Hay tantos personajes chulos! Y no paran de aparecer más y más… al final es un lío, pero gracias a mi super-guía definitiva que se actualiza por cada nueva temporada estoy al día de lo que pasa y deja de pasar. Algún spoiler me he tragado, como lo que se va a tragar cierto rey, pero no importa, porque igualmente mola mucho verlo. A ver si me pongo de una vez con los libros, porque los tengo todos, ¿sabes? Ahí, entre las tazas y el sujetador oficial de Cersei… ¿no me digas que tú no tienes todo eso? Pse, novato…

*Gapaster Hedonista: De las mejores adaptaciones posibles, demostrando que el propio autor original debería siempre participar para logar un resultado notable, o incluso mejor, en bastantes aspectos. A pesar de ser una serie de trama “compleja”, ha sabido calar en la mayoría de mentes medias, imagino acostumbradas a todo tipo de tele-novelas mediocres, tan llenas ellas de nombres compuestos y traidores, entre símiles de esta obra que, aun sin haberse terminado siquiera de escribirse la saga de libros, llegará a inmortal. Por mi parte no lo apoyaré hasta que no lea el último libro o vea el último capítulo de la serie, por si le da por morirse al lujurioso autor que celebra a menudo fiestas en honor (a costa) de sus fans.

*El Chipilifláutico: Creo que es la única serie de hablar que me gusta. ¡De verdad! Hay tanta gente, y tan variopinta… el problema son los nombres, deberían haber sido nombres reales, que así uno no se aclara. Pero da igual, les veo y ya está, aunque me da un poco de miedo, porque personaje que me encariño ¡ZASCA! Lo echan de la serie matando a su personaje, ¡qué mal pagado debe de estar eso de ser actor de una serie! Aunque menos mal que hay actores que no se quejan tanto y se mantienen, los cuales es fácil coger como favoritos. La verdad que la serie esta no te deja ni un momento de respiro, entre que no paran de matarse y fornicar entre ellos (a veces en ese orden) y que siempre les salen más y más problemas… ay, que dura seria la vida si realmente fuera así. Gracias a Dios que no nací en el medievo.

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Desvirtuando Series, Parte 1

Publicado: octubre 17, 2013 de Nubis en Internet, Opinión, Televisión

Este artículo surge a partir de esas eternas discusiones en medios como Twitter, por esas guerras virtuales que suceden entre fans (esos adorables bichitos que comen, cagan y a veces procrean), que se encienden al máximo en favor de la serie de turno por su grandiosidad y por lo mucho que le cambia la vida a uno. O algo.

Hoy día la televisión (perdón, Internet) está lleno (petado) de series. No se sabe con precisión, pero un buen día este sano producto comenzó a expandirse como pólvora hasta alcanzar una cuota de producciones que se cuadriplicó como mínimo. Antes, quizás, las series eran más como una apuesta segura para las cadenas de mantener una programación, un intento de definir una parrilla duradera y efectiva que permitiera siempre un número de espectadores asegurados, sobretodo a ciertas horas. Pero la llegada de la red de redes permitió al ser humano común descubrir aquello que siempre había estado ahí cual Mito de Cthulhu o de Maine, aumentando de repente el interés de consumir capítulos como si fueran papas. Frente al cine standard, supone acostumbrarse a unos personajes fijos y a una historia que, aunque mucho más lenta, puede llenarse de detalles y situaciones como si de una novela se tratase, no habiendo tantos límites pero sí el riesgo de incontables alti-bajos.

A continuación viene desvirtuar, como bien promete el título. Para la ocasión he llamado a tres amigos imaginarios que escribirán sus impresiones de toda serie de moda, o de las que tengan su cierta relevancia. Ellos son “THE FAN” (o DA FAN), “El Gafapaster Hedonista” y “El Chipilifláutico”. El objetivo de estos tres peculiares es intentar resumir o definir los comentarios que se pueden llegar a verter sobre series a base de críticas, defensas y un tercer concepto indefinible o del que quizás no queremos saber mucho. Claro está, quizás esté todo escrito un poco exagerado, pero hasta la exageración intenta tener su base en la realidad.

Si lo llego a saber me pongo antes a hacer películas.

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Como aprendí a amar Dr. Who

Publicado: septiembre 11, 2013 de Fosforo en Televisión

Seguimos con la racha salvadora de invitaciones al blog. El bueno de Superlayo se vuelve a subir a las tablas de Crisis Creativa para escribir algo que yo nunca jamás firmaría: un artículo hablando bien de Dr Who.

No creo en el amor a primera vista (y puede que este sea el principio más inesperado para un post de Crisis Creativa). El caso es que tampoco creo en los emparejamientos a través de terceros, que en ocasiones tienen bastante en común con las recomendaciones de toda índole cultural. Si bien las recomendaciones generales son útiles, las opiniones personales pueden dar una idea al que las recibe en función del que las emite, las recomendaciones dirigidas traen consigo una señal de alarma.

Si te venden que una serie “está hecha para ti” (al igual que si te dicen, respecto a una persona, parafraseando a un amigo mío, que “tenéis pila de cosas en común”) puede ocurrir dos cosas (no necesariamente excluyentes): que se creen expectativas o que desconfíes instantáneamente de aquello que te ofrecen. Ambos casos suelen conducir a una decepción, especialmente porque una serie (como una persona) no suele enseñar todo su potencial a las primeras de cambio.

Esa fue mi experiencia con Doctor Who. Por supuesto, había leído unas cuantas referencias a la serie por distintos lugares (larga es la mano del whovian en Internet), pero no fue hasta la reiterada recomendación de un amigo de la carrera que le di la oportunidad. Para ser justos, una serie sobre un alienígena que viaja a través del tiempo y el espacio parecía tener todo a favor para ganarme: la ciencia-ficción me ha gustado desde pequeñito, y desde que tengo memoria me han cautivado las historias de viajes en el tiempo.

Y sin embargo, mi primera reacción ante el primer episodio de la serie actual (recordemos que antes de las  siete temporadas actuales, existieron 26 de la serie clásica) fue esa reacción virtual tan nuestra del MEH. A pesar de que, parándose a pensar, la idea para el primer episodio era imaginativa y podría resultar hasta inquietante (maniquíes de plástico cobrando vida para atacar a la gente), lo cierto es que resultaba quizás excesivamente camp para captar el interés de nadie. Ese es el principal problema que tengo al recomendar la serie; la primera temporada es la más sosa, y no empieza a despegar hacia más de la mitad de la misma.

¿Pero qué es Doctor Who, exactamente? Aunque ha habido muchos cambios en la serie desde su estreno (allá por 1963; la serie cumplirá 50 años el próximo 23 de noviembre), ha habido una serie de constantes a lo largo del tiempo. El protagonista es el Doctor, un alienígena de la raza de los Señores del Tiempo, que viaja a lo largo de todo el tiempo y el espacio en su nave, la TARDIS, desfaciendo entuertos con la única ayuda de su ingenio (y sus distintos acompañantes humanos).

¿Cómo ha conseguido sobrevivir un concepto así durante tantos años (exceptuando un parón de unos 20 años entre la serie clásica y la actual)? Con un pequeño truco que los guionistas se sacaron de la manga después de que la salud del primer actor que interpretó al Doctor, William Hartnell, empeorase. Fue en ese momento cuando marcaron que la raza del protagonista era capaz de regenerarse después de un daño grave, convirtiéndose en una persona virtualmente distinta (si bien con los mismos recuerdos que la anterior). Este recurso ha ido usándose puntualmente durante años, y las distintas encarnaciones han permitido dar distintos soplos de aire fresco de cara al público.

Pero volvamos al modo abuelo Cebolleta. ¿Cómo logró la serie ganarme a mí? En un segundo intento continué más allá del primer capítulo; de hecho, llegué a ver varias temporadas. Sin embargo, tampoco le prestaba mucha atención, y no eran pocas las veces en que veía la serie mientras hacía otra cosa por la habitación. Esto cambió en el momento en el que alcancé capítulos que no estaban doblados, y la experiencia mejoró considerablemente.

No es que yo sea un talibán del doblaje. Si bien en general intento ver la series en versión original, también disfruto con algunos doblajes al castellano (de memoria sólo recuerdo el excepcional trabajo de Carlos Revilla en los Simpson, y sin lugar a dudas cierto célebre boinudo podría enumerarles unos cuantos más). Pero creo que todos los que hayan podido comparar Doctor Who en español con la versión inglesa me reconocerá que el doblaje es bastante chusco en general, por no hablar de que la interpretación de los distintos protagonistas ganan muchísimo en su idioma original.

Anyway, volví a revisionar gradualmente los antiguos episodios junto a mi madre, a la que convencí para engancharse con el genial episodio navideño The Christmas Carol (posteriormente también infecté con la afición a mis primos pequeños, que están en una edad fácilmente influenciable a este tipo de cosas). Y ahí ya me enganché, y a día de hoy es de las pocas series que sigo a cada episodio que emiten. Más aún, es la única serie por la que me preocupo cuando va a volver a empezar, o cuando va a ser el episodio final.

Y lo más probable (si es que no habéis acabado ya hartos de mi diatriba) es que os estéis preguntando, ¿por qué? ¿Y son razones que puedan convencerme a mí, lector medio de Crisis Creativa hastiado de referencias whovians por doquier, para que le dé una oportunidad a la serie? Aquí van mis (muy personales, o puede que no tanto) razones por las que me encanta Doctor Who.

1)      Incluye viajes en el tiempo (also, sometimes, History!).

Me siento extrañamente atraído y repelido al mismo tiempo por este mash-up de mis dos máquinas del tiempo preferidas.

Me siento extrañamente atraído y repelido al mismo tiempo por este mash-up de mis dos máquinas del tiempo preferidas.

Soy un amante de los viajes en el tiempo. No quiero decir que me acueste con paradojas temporales, sino que es una rama de la ciencia-ficción que me chifla, probablemente desde que vi las películas de Regreso al futuro cuando era niño. Una afición especialmente incentivada por ciencia-ficción de la buena a partir de ahí, como algunas de las escasas (pero realmente imaginativas) historias de Asimov sobre el tema, el clásico libro de H. G. Wells que lo empezó todo, las dos primeras pelis de Terminator, etcétera.

Dejando al margen mi filia particular, ¿qué supone esto para la serie? Por supuesto, que el protagonista pueda viajar por el tiempo y el espacio supone que el único límite para la series es su presupuesto y la imaginación de sus guionistas. Las aventuras del Doctor pueden desarrollarse de un confín a otro no sólo del mundo sino del Universo, y entre el Big Bang y el fin del tiempo. Si no eres capaz de imaginarte tú sólo porque esto, como idea de base, MOLA, es que eres un caso perdido. Puedes dejar de leer.

Esto no sólo permite inventarse cualquier tipo de raza alienígena o situación extraña, sino también interactuar con épocas que para nosotros son históricas. Ya os he hablado de mi opinión sobre la primera temporada de la serie nueva, y dentro de ella, los dos episodios emplazados en la Segunda Guerra Mundial son sin duda los mejores; algunos de los más interesantes de la serie en adelante incluyen personajes históricos como Madame de Pompadour o Vincent Van Gogh.

2)      Un protagonista a veces casi mesiánico, un héroe byroniano.

No crucificaríais a un hombre con toga, ¿verdad?

No crucificaríais a un hombre con toga, ¿verdad?

Si bien la personalidad del Doctor ha cambiado durante sus distintas encarnaciones, existen varios puntos en común que han permanecido constantes. El Doctor es muy inteligente, y ésta es, a menudo, su única arma. Teóricamente es una pacifista, y realmente demuestra compasión e intenta evitar la violencia siempre que es posible; sin embargo, no duda en utilizarla como último recurso.

No es un héroe pluscuamperfecto. Busca la compañía y las nuevas experiencias, se interesa por todo y todos los que conoce, pero no dudará en manipularlos u ocultar la verdad si lo considera necesario. Sabe que, tarde o temprano, sus acompañantes sufrirán las consecuencias de sus viajes, pero se ve incapaz de no crear lazos con alguien, porque ser forzado a la soledad no sólo es malo para él, sino para todo aquel que se cruce en su camino. Solo, el Doctor necesitaría a alguien que le parase los pies.

Si bien lo más fácil sería catalogarle (las pérdidas constantes, su larga vida) como un héroe trágico, lo cierto es que es más identificable con el prototipo de héroe byroniano. No es por intentar ponerme pedante, si  habéis visto algo de la serie y echáis un vistazo a la definición de este término en Wikipedia, la descripción de personalidad coincide casi punto por punto. Y me vais a permitir que comparta con vosotros una definición del héroe prototípico de Byron, desde esta otra página, con cualidades que considero aplicables al Doctor:

“Estos personajes suelen haber tenido un pasado turbulento, del que esconden algo oscuro. […] seductores, carismáticos, ejercen la fascinación del hombre con una tempestad interior en continua ebullición […]. Son antisistema: no están interesados en cumplir con las normas. Les da igual lo que diga la sociedad. Son extranjeros, náufragos, parias, vagabundos, voluntariamente marginados. No respetan los rangos ni los privilegios. Son inteligentes, con gran vida interior, cultos, educados. Han viajado, conocen el mundo, […], tal vez están algo hastiados de la vida. Por todo esto, son misteriosos, cínicos, arrogantes, cambian de humor bruscamente. Son sus peores críticos, y muy frecuentemente acaban siendo autodestructivos.”

En mi humilde opinión, el Doctor combina la superioridad intelectual de los grandes detectives de ficción del XIX (Sherlock Holmes, Auguste Dupin, etcétera) con el concepto de héroes con pies de barro que se popularizaba al otro lado del Atlántico en el mundo del cómic en los momentos de su creación (si bien es una tendencia que puede rastrearse mucho más atrás). Es dinámico y excéntrico, es el típico amigo que siempre sabe un sitio nuevo a donde llevarte, y que da pie a anécdotas increíbles, llevado al último extremo.

3)      Una serie (o un tipo de espectador) sin complejos.

Un adulto cediendo el control a su niño exterior. ¿El Doctor, o yo viendo la serie?

Un adulto cediendo el control a su niño exterior. ¿El Doctor, o yo viendo la serie?

Doctor Who fue estrenada como serie de un corte para toda la familia, pero  que también buscaba el atractivo del miedo, hacer que los padres no se aburriesen viéndola con sus hijos, mientras que los niños se escondían detrás del sofá cada vez que aparecían los monstruos, esperando el momento en el que el Doctor salvase el día. Pero al mismo tiempo es una serie con paradojas conceptos abstractos, con tramas y semillas de tramas muy a largo plazo, y con muchos años a sus espaldas.

Yo también sufro esa dicotomía como espectador: por un lado la disfruto como un crío (vamos a ver, venid a decirme quienes gozáis con el concepto básico de Pacific Rim a decirme que dinosaurios en una nave espacial no algo con lo que fliparían nuestros yoes de 8-9 años) y por otro como el enamorado que soy, ya mayor, de los cosmos de ficción complejos (estáis leyendo a un marvelita convencido, un lector del universo extendido de Star Wars y un devorador de sagas en general al que le gusta que le expliquen cosas).

¿Qué puedo decir? Esta fusión de ambas facetas mentales es la que me permite disfrutar de un nuevo episodio (no de todos, toda narrativa tiene altibajos) como si cualquier cosa pudiese pasar, como si la suspensión de la incredulidad no fuese un ejercicio consciente. Como si no fuese un adulto a vueltas de todo que ve venir un final a la mitad del metraje. Y al mismo tiempo, entrar en el juego del hype, del que pasará, de cómo podrán unirse las distintas pistas o rebuscar en Internet buscando algo de la serie clásica que pudiera repercutir ahora.

Estáis a tiempo de engancharos para el aniversario.

Estáis a tiempo de engancharos para el aniversario.

Estos son mis alegatos a favor de la serie. Podría hablar más de ella, pero es probable que algunos ya estéis hartos de la propaganda whovian por otras vías. Os estoy hablando de mi experiencia personal y no os engaño: Doctor Who no es la mejor serie que existe, y sin embargo, es mi serie preferida. Ni yo mismo puedo decir porqué la serie me causa ese efecto frente a otros tantos productos de ficción que consumo. Quizás porque es la serie que hubiese querido poder seguir cuando era un chaval y me revierte al espectador que era entonces. Quizás por todo eso y al mismo tiempo me entretiene y me hace reír.

Preguntadle a algún amigo que sepa por dónde os conviene empezar, o qué episodios podéis picotear para haceros al estilo de la serie. No es necesario controlar todo el bagaje de la serie para disfrutarla, y uno puede ir introduciéndose en la mitología de la serie gradualmente. Dadle una oportunidad, probadla a verla acompañados si tenéis primos, sobrinos o hijos pequeños. No tenéis porque disfrutarla como ellos (ni como yo), pero lo más seguro es que paséis un buen rato.

¿Inteligente, provocador o estúpido?

Publicado: agosto 9, 2013 de Fosforo en Opinión, Televisión

2013-07-19-family_guy_simpsons-e1374238709146-533x336Llevo bastante tiempo con este artículo en la cabeza, dudando sobre si debería hacerlo o no. Primero habría que aclarar algunas cosas. ¿Por qué “Inteligente, provocador o estúpido”? La primera y la última categoría son más o menos claras y opuestas, pero habría que matizar la “provocación”. Para mí que un programa de la televisión sea capaz de afectarnos, de hacer que nos sintamos aludidos, de indignarnos, enfadarnos o de levantar ciertas pasiones es algo muy meritorio. No es fácil de hacer, o por lo menos, no es fácil de mantener en el tiempo. La provocación burda se agota deprisa, una provocación bien construida puede estar metiendo el dedo en la llaga indefinidamente.

No hace falta ser inteligente para provocar, hay provocaciones tontas y provocaciones inteligentes. Igualmente, hay sátiras inteligentes que no provocan, que no hieren, y hay programas totalmente imbéciles que quieren jugar a ser incorrectos y no dan más que asco. Para mí es importante, ya que vamos a hablar de sátira, incluir este parámetro. No es contradictorio con ninguna de las otras dos categorías, pero para mí añade un valor. Aquello que es capaz de ser inteligente y al mismo tiempo provocador tiene un mérito mayor que la simple parodia inteligente. Forma parte de mi manera de entender la crítica social.ngbbs50f4ecd976b78

¿Qué es inteligente? ¿Qué es estúpido? Algo inteligente es algo que nos conduce a una idea, que nos introduce un concepto, que nos hace reflexionar, que nos obliga, como espectadores a pensar, a tomar parte, a elegir si la explicación que nos han servido nos gusta o no. Un show inteligente nos trata como interlocutores, no como meros objetos de recepción. Un chiste inteligente no necesita explicarse, ni ser obvio, ni encuadrarse en unas risas enlatadas, una situación alargada artificialmente o una hipérbole fuera de tono. Una reflexión inteligente tiene argumentos, y los expone antes de llegar directamente al enunciado final. Un guión inteligente sorprende, poco o mucho, y deja huella.

Estúpido es ser obvio, es ser burdo, es ser unidireccional, estrecho de miras, monolítico, es no argumentar nuestras opiniones, es no prestar atención a la construcción del discurso, es sobre-explicar las cosas, es pensar que el espectador es un mono que necesita que le entretengan sin  obligarle a esforzarse, que es idiota, que no entiende de lo que se le está hablando, que no tiene opinión propia ni criterio. Estúpido es, al fin, tratar al espectador como si fuese eso, un espectador, un elemento inferior en la cadena de montaje audiovisual del programa.sp607_simpsons

También querría matizar el tema elegido. Cuando ideé este artículo, tenía claro que quería comparar a los tres titanes de la animación americana para adultos: Los Simpson, South Park y Padre de Familia. Después de reflexionar sobre estas, elegí el tema de la religión porque está más o menos tratado en varios capítulos de las tres series, y es un tema que no pasa de moda, no deja de ser sensible ni de identificarnos con sus posturas. Además es un tema sumamente polémico (incluso más en EEUU que aquí) lo que hace que la inteligencia juegue un papel clave a la hora de elegir cómo enfocar una sátira.

Me hubiera gustado poder explayarme más en los ejemplos para los capítulos elegidos, o escoger más, pero no quería tampoco hacer análisis muy pormenorizados de los episodios (es más, recomiendo verlos si no los conoces o hace mucho que no los viste para poder leer este post con total propiedad). Finalmente me decidí por 2 capítulos para cada programa. Haciendo trampas, como suelo hacer cuando tomo una decisión, he escogido un total de 8 episodios, 2 pertenecientes a las primeras 10 temporadas de Los Simpson, 2 de la segunda década de historia de la serie, 2 de Padre de Familia (de las primeras temporadas) y 2 de South Park (espaciados en el tiempo de emisión de la serie).

He pasado un mes revisionando South Park y Los Simpson para elegir capítulos, y la última semana indagando en todos los capítulos de Padre de Familia que tratan el tema de las religiones. Elegir en ocasiones ha sido complicado, he intentado sacar los mejores capítulos posibles, y por encima de eso, los que con más profundidad tratasen el tema de las religiones. Algunos de ellos se han quedado fuera por no ser suficientemente buenos, otros muy buenos se han quedado fuera por no tener suficientemente peso el tema (como el sensacional Rock Cristiano de South Park).

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Maltrato Publilógico

Publicado: marzo 14, 2013 de Nubis en Opinión, Televisión, Uncategorized

– ¿Sabes, Tim, quien debería estar en la cárcel?

– ¿Qué? ¿A quién te refieres?

– A los publicistas.

– ¿Es una nueva banda de gamberros o… terroristas?

– No, no, me refiero a eso mismo; a los propios publicistas. Todo me viene por lo que le hicieron a un amigo cercano. Déjame que te cuente…

Bob era un chico sin aspiraciones, no las buscaba, ni las anhelaba, sencillamente no tenía esa ambición de la que tanto le sobran a otras personas. Él solía ver la televisión, leía revistas, paseaba a menudo por la calle… y creo que ese fue su error, hacer algo tan sano e inofensivo como eso. Conforme más practicaba esas distracciones, más cambiado se le notaba. Se volvió adicto, pero nadie se percató; y mucho menos él. Era como una droga no física que le obligaba a no pensar mucho y a fijarse en lo más llamativo de todo: los anuncios. Deberían estar prohibidos, no parece moral que se introduzcan de esa forma dentro de nosotros y nos cambien hasta las opiniones. Una personalidad humana, su interior en general, es el espacio más preciado, imposible de invadir en teoría. Aunque una vez que se descubre el secreto…

Ahí en lo más privado no se debería tocar nada, sólo uno mismo debería amueblar y mover su espacio interior como quisiese. Pero me temo que si pudiésemos introducirnos aunque fuese con una nano-cámara veríamos posters llamativos y carteles con la oferta de última hora. Todos hemos sido invadidos sin darnos cuenta, es más, con nuestro permiso inconsciente; quizás por ello no es un delito, pues, como siempre, somos los culpables de todo lo que sucede alrededor.

Hecha la ley, hecha la trampa, así que toca invadir continuamente casi a diario hasta que la personalidad se nos trastoque. Nuestra forma de vestir está muy implicada, lo que comemos, leemos, películas favoritas… me temo de nuevo que esa defensa aférrima de gustos personales siempre ha sido algo condicionante, siempre hemos defendido a un extraño que aún encima ha ganado dinero por ello. ¿Cual es el origen de esa creencia o gusto personal que tan arraigadas llevamos dentro? Pieza a pieza, paso a paso hacia atrás descubrimos un origen un tanto ajeno a nosotros mismos.

– Pero como digo, Bob ya no es el mismo, por eso hablo de él en pasado. Te sonará radical, Tim, pero debería estar prohibido cualquier clase de manipulación por muy pequeña que sea. O al menos, si deseo comprar un coche nuevo, que sea más porque me gusta el naranja y no porque tenga una potencia de motor que jamás aprovecharé al máximo.

– ¿Y qué podemos hacer? No tengo todo el tiempo del mundo para probar todo producto posible por mi cuenta. Así que me fío de otras opiniones. Si además son una mayoría, más fiable.

– Normalmente esos casos es porque el publicista es más efectivo…

– Bueno… aunque por otro lado es irónico que cada persona seamos un mundo y nos dejemos llevar y cuadrar a la perfección por una opinión ajena.

– Pero aún así, sucede… de nuevo seré radical, pero el maltrato psicológico es algo desagradable y esto que tratamos… analiza bien, es similar.

– Sí, alguna base en común tendrá. No lo he estudiado, que voy a saber.

– Todos en la cárcel, lo que yo diga. El mundo sería más gris, sí, pero al menos sabría que es culpa mía, y sólo mía, cuando sea engañado. Mira ésta Fanta que me estoy tomando, es muy característico mio que pida una de estas donde vayamos. No recuerdo cual fue la primera que tomé, o si fue por decisión mía, seguro que me pilló siendo muy niño, pero si buscas mi imagen y mi definición, ahí está también esta bebida tan maja.

– Lo mismo puedo decir de mi café con toque de chocolate blanco y nata. ¡Qué gran descubrimiento!

– ¿Pero lo descubriste tú? ¿Sabías qué también puedes hacerlo en casa?

– De hecho a veces lo preparo en casa.

– Pues vale…

– Tampoco puedo evitar verlos como artistas.

– ¿Qué?

– A los publicistas. Piénsalo, un pintor cuando ve un lienzo en blanco tiene la imperiosa necesidad de llenarlo. Si eres publicista y ves a tanta gente que necesita sentirse mejor, ser llenada… pues coges la pintura y le haces un favor.

– ¡Pero se condicionan!

– Pues que no enciendan la tele.

– Ni abran la ventana y miren al cartel de enfrente, no te… doblegar la voluntad de terceros me parece bastante denunciable. Nadie nos pide permiso para que esté o no la publicidad, ya forma parte de nuestras vidas, Tim.

– Y hasta los propios publicistas han caído en la trampa… al menos se llevan la mejor parte.

– Pues sí.

Estoy absolutamente convencido de que hay dos frases que se deberían eliminar para siempre de las conversaciones entre personas civilizadas. La primera es, claro: “Yo es que veo muchas series”, dicho como símbolo de distinción. Este tipo de personas están absolutamente convencidas de que ver series hoy en día es el equivalente a leer a Kierkegaard o escuchar sinfonías perdidas de Mozart, sin darse cuenta de que es más bien como ir a un restaurante de comida rápida: Sí, los hay que eligen un buen menú, los hay que eligen un menú pésimo (pero se divierten con el juguetito de regalo) y los hay que simplemente quieren engullir sin mirar la calidad de lo que se meten en la boca. Veinte McPollos, ochenta patatas demasiado fritas, The Big Bang Theory, qué más da. La segunda frase que se debe eliminar es diferente a la anterior y, a la vez, inquietantemente similar: “Las series han superado al cine” (en todas sus estúpidas variantes: “No lo llames televisión, llámalo HBO”, “¿Ir al cine? ¿Para qué, teniendo The Walking Dead?” o “Me han extirpado una parte del cerebro que me impide ver la diferencia entre Mad Men y Billy Wilder”). Estamos de acuerdo, el cine actual no tiene una calidad que nos haga tirar cohetes y veinte vueltas de campana, pero coger todo un legado cinematográfico y tirarlo por la ventana para sustituirlo por, por ejemplo, la sobrevalorada (pero decente) Girls, es un auténtico despropósito. Y no me lo estoy inventando: El otro día pude leer cómo se comparaba a Lena Dunham con Woody Allen, porque, ya sabes, temporada y media de una serie es comparable a una trayectoria que durante décadas fue intachable (y no, no estoy hablando de los últimos años, obviamente).

¿Y a qué viene todo este coñazo y a esta diatriba sobre el mundo de las series y los seriéfilos que se creen mejores que el resto de los humanos? A un hecho obvio: Estamos, sin duda alguna, en la época de oro de las series. Hoy por hoy hay más calidad en televisión ficcionada de lo que ha habido jamás... y no, obviamente no me refiero a La Que Se Avecina, sino más bien a cosas como Juego de Tronos, Arrested Development (¡que vuelve ya!), Gravity Falls, Dexter, Sherlock o las series de Ricky Gervais (así, en general). Pero muchas de las series que vemos semana tras semana tienen vocación de películas (sin ir más lejos, la propia Sherlock o Black Mirror son películas disfrazadas de falsa serialización), y el medio aún está buscando su propia narrativa. Esto es, por ser menos pedante: Las series tienen que descubrir que son series. Tienen que mirar dentro de si mismas y decir, de una vez y sin tapujos: “Sí, no podemos usar los mismos recursos que las películas. Sï, tenemos que ofrecer una gran experiencia diferente a la que habéis visto hasta ahora. Sí, esperad lo inesperado”. Dejar de una vez ese recurso tan manido de “¡Oh, es tan buena que parece una película!” o “¡Tiene chistes tan buenos que parecen escritos para cine!”. Y aquí es donde entra, por fin, la serie de la que os estoy intentando hablar: 30 Rock.

xmen

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