En Defensa del Autor

Publicado: octubre 3, 2013 de Nubis en Opinión, Uncategorized

(Este artículo se complementa con el texto y vídeo situados aquí) .

¿Por qué crear? Una pregunta poco realizada ya que realmente no es necesaria. Crear es innato, o así lo es al menos en casi todo ser humano; por lo que la creatividad va ligada a nuestra existencia, principalmente a la evolución. Sin la capacidad de crear, aún seguiríamos en los árboles quitándonos mutuamente los piojos. Al menos habríamos evolucionado para ser los mejores en eso… aunque incluso ésta acción requiere de cierta creatividad.
Por ello se antoja una sensación de injusticia frente al concepto “crear”, a veces ignorado por pura costumbre, no analizado como debiera ser bajo el valor que realmente merece y que se ganó con creces.

Hoy día es fácil crear, ya sea cualquier pequeña obra de arte en la escuela o banalidad del momento con las servilletas de la cafetería. Aunque puede que no sea lo correcto decir que es fácil crear, si no que ahora hay sencillamente más acceso; pero que mucho más. Las posibilidades de cada persona van en aumento conforme pasan las generaciones y se va logrando que la vida moderna sea más justa para todos (al menos en el sentido de comodidad y ocio). Aquí se llega al punto en que el arte, sinónimo de crear, se ha adaptado a todos los niveles. Donde antes crear era digno de unos pocos escogidos “porque los dioses así lo querían”, pasando por la gente adinerada que contrataba (o casi esclavizaba) a artistas que se habían entrenado desde niños, hasta la actualidad donde cualquier chaval puede ir con videojuegos o navegar por una web para modificar a su personaje desgastado favorito, con la capacidad de ser pintado de toda manera imaginable y con mil complementos imposibles de asimilar o recordar al completo.
Ya ven, antes el don/talento de un artista era considerado único (y lo sigue siendo, como una huella dactilar), y por ello se usaba para tareas algo más nobles o bastante importantes. Ahora los artistas están al servicio de quien se preste, o por amor al arte y al suyo propio propagado por cada esquina del planeta. Ya ven lo de Mozart, que compuso casi exclusivamente para soberanos de países, comparado con su homónimo actual Justin Bieber, que lo hace para toda la masa como si cada persona fuera un emperador en sí.

En resumidas: ahora todos somos artistas, y ya sea en deporte, en casa, o escribiendo blogs; cualquier excusa puede encontrarse para considerarse como tal. Es entonces que volvemos a la pregunta inicial: ¿Por qué crear? Y la respuesta se puede mover por tantos niveles como personas hay pisando el mundo. Que si por diversión, por ego/fama (la más común, no nos engañemos), por vicio, por reconocimiento o por demostrar algo a nosotros mismos… incluso por la más lógica y viable de todas: por aburrimiento. ¿Qué haría o habría hecho el ser humano sin ello? Seguro que evolucionar no, ya que, ahí donde se ve, conceptos como la curiosidad o la iniciativa van muy ligados a aburrirse, y de aburrirse se crea y se piensa, se analiza hasta la perfección porque no tenemos otra cosa que hacer…

Difícil es explicar con palabras un concepto un tanto abstracto como lo es crear, el por qué hacer algo nuevo a partir de la nada o de piezas sueltas que no tienen nada que ver con lo que pueden llegar a ser juntas. No se sabe de dónde surge esa sensación o picor que anima casi inconscientemente a coger un papel en blanco y dejar de mostrarlo tan soso y serio, de pintar paredes grises o de saltar porque sí hasta ser capaz de dar una voltereta en el aire. No se sabe bien pero está ahí, y los resultados satisfactorios tanto para uno como para los demás que observan y aprecian son magia, casi en lo literal de la palabra.

Cuando uno se inicia en este mundo ya nada vuelve a ser igual. La rutina anterior desaparece de repente, tan difícil que es de corregir o romper cualquier hábito en poco tiempo. Empiezan a surgir pensamientos nuevos que en un principio sorprenden, y detalles de alrededor que siempre han estado resaltan de repente o incluso adquieren significado. Se descubre un nuevo estado de conciencia, como estar en otro mundo sin salir de uno mismo ni de la habitación, un nuevo estado relajante que evade y rompe todo, incluso el tiempo (toda terapia conlleva en mayor o menor medida creatividad, por algo será).
El camino sigue, porque se muestra así, conscientes de una vía infinita por delante que nos vemos obligados a tomar para ir destapando lo desconocido. Poco a poco la cosa mejora y aparece una nueva rutina, pero no tan molesta como lo puedan ser otras, simplemente ni se analiza: se vive. Conforme el asunto crece, vemos que el arte de crear va impregnando hasta nuestro estilo de vida o costumbres, se adhiere a la ropa o a la decoración de nuestra casa o cuarto. Colores o incluso figuras que antes no estaban surgen para figurar al lado de la zona de trabajo, en un intento de inspiración que pronto cambiaremos para ir variando e ir descubriendo más… y es que todo esto es como una droga. Al principio la exprimes al máximo y cuando el cerebro ya la tiene bien asimilada, desea probar más cantidad, o al menos más y más variantes… hasta llegar a un opuesto, al otro extremo de ir probando con las otras sensaciones que el crear puede brindar. Lo más fuerte es que es infinito, por lo que las dosis siempre estarán garantizadas y seremos de por vida yonkis del arte (y a mucha honra), pues que se sepa no ha surgido aún ningún centro de desintoxicación de la creatividad.

Pero todo conlleva un precio, y siempre a la altura. Es cuando el arte va tocando todo los rincones de nuestro interior que inevitablemente se topa con un lado oscuro, a veces con esa parte que todos negamos como ya bien dijo Carl Jung. Y es inevitable, el crear es expresión y es soltar todo lo que llevemos dentro, absolutamente cada parte. La oscuridad plasmada comienza con la corrupción de esencias inocentes, ya sean propias o ajenas, y el instinto de supervivencia más básico se mezcla con aquello en lo que el mal no puede tener cabida. Conforme se va yendo un poco más allá, se expresa incluso con tonos rojos y negros por algún extraño motivo del inconsciente colectivo, las sombras se convierten en formas con sentido, se empieza a entender el por qué la noche siempre fue fascinante, relacionada con seres extraños y misteriosos, con danzas prohibidas que al fin y al cabo también son arte, de resultados no bien vistos pero que otorgan nuevos aspectos de la droga del crear. Aun así cualquier mal se puede mostrar bajo un prisma impregnado hasta de cierta dulzura, una forma de controlarlo y enjaularlo para que todo humano pueda observarlo sin temor. Pero sin embargo hay límites, siempre los hay, sobretodo aquí, y cuando se sobrepasan es cuando ya se alcanza un nuevo campo que nadie debería pisar. Incluso en este territorio, artistas como Jack hicieron su leyenda eterna con sentidos incomprensibles que funcionaron sin embargo…

Pero al igual que existe éste extremo, está su contrario que ha sabido ser eternidad de una forma más magistral y humanitaria, bajo un prisma de idioma universal no dañino. Las obras maestras expuestas para siempre se alzarán con orgullo para recordar a toda persona por nacer quienes fuimos y qué supone el ser humano, que no es poco. Todas ellas brillan con luz, hasta las más dementes que inspiran nuevos caminos que ni nos habíamos planteado, hasta llegar de nuevo a ese ciclo que va de arriba, desde los ojos, hasta el fondo del alma donde no se toca fondo, sumergiéndonos para volver a conseguir las alas que nos elevarán y que perderemos a propósito por acercarnos demasiado a la luz… pero en cada intento nos iremos acercando más, y cada vez un poco más, así hasta comprender el verdadero significado del por qué crear, el cual no se puede explicar, solamente sentir y apoyar a los demás a que lo intenten, que es algo que merece la pena.

Un autor se puede exprimir. Normalmente en un principio se lo hace a sí mismo, y conforme va sustrayendo esencia que otros prueban, es entonces que son otras personas las que van exprimiéndolo para seguir sintiendo el sabor de su esencia. Aquí empieza a ocurrir que el número va aumentando conforme la opinión general de los catadores de alma va siendo positiva, asegurando que como el vino la esencia va mejorando. Efectivamente los sabores van cambiando, produciendo tanto nuevas sensaciones positivas como negativas en todos los auto-impuestos críticos, pero siempre con el sabor característico que sedujo desde el principio. Unos se irán, pero la mayoría se quedarán, atrayendo (o más bien convenciendo) a nuevos degustadores, o incluso el propio olor que emana el autor irá en aumento para atraer a más y más.
Es entonces que se vuelve a llegar a otra clase de límite, donde aparecen pellejos que dejan deducir huesos que van dibujándose por todo el cuerpo del hacedor de ideas, donde ya le es imposible parar debido a la fuerza de la muchedumbre que creció sin apenas asimilarse, por esa adicción a la creación que nos hace pensar si es que los antiguos realmente tenían razón y el arte es algo proveniente de dioses. Pero ya da igual, el juego comenzó hace demasiado tiempo y ya es imposible parar; ni siquiera hay una intención de ello por parte de nadie.

El artista, en la cima del mundo, olvida incluso que es humano. Parte de culpa tiene, claro está, pero también es culpa de aquellos que lo colocaron allí, que lo empujaron y alzaron para facilitarle su escalada. Entre las manos que empujaron hay cierto idealismo, incluso de aquellos con los pies tan anclados en la tierra… ¿deseos de que otros cumplan sueños propios? ¿O ganas de querer presumir o compartir una especie de éxito conjunto? Las ilusiones se mezclan con las deducciones, y el artista es alzado en ocasiones sobre méritos que no termina de comprender (o no ve) si le corresponden.
Desde la altura se descubre que no hay un supuesto vértigo y que hay otros, cerca y en la lejanía, que también se esforzaron por escalar, aumentando el número a cada momento conforme más, o actualmente casi todos, tienen los mismos sueños. Se descubre que existe un sueño universal, que hay algo en los genes de la sangre que obliga a subir arriba y apoyar a otros a hacerlo… pero la carne está débil, ya no queda esencia de tanto que fue exprimida, y el fallar de las fuerzas obliga a deslizarse lentamente sin poder agarrarse a nada hasta caer de nuevo al principio, a ser engullidos por oscuridad y muchedumbre, con la alta posibilidad de desaparecer para siempre… Uno sigue consciente, pero ya no es lo mismo; o así se dice, que ya nada será igual.

El autor… el artista… la persona, se odia por lo que hace. Es la consecuencia de ser alguien más desde el mismo día que empieza a crear, descubriéndose la terrible realidad de un inconformismo que devora el alma muy lentamente. Todo verdadero creador nunca está contento, se exige continuar siempre, incluso sin sentido o propósito claro, por el mero hecho de no quedar contento al dar forma a aquella creación que tomó vida propia y que todo el mundo admira, por no gustarle nada de lo que sus manos forma con tanta naturalidad tras horas y horas de practicar. ¿Es por eso mismo? ¿Es por todo el tiempo invertido? O puede que la abrumadora realidad de sentirse insignificante frente a otra creaciones le hagan dudar constantemente, viendo que todo esfuerzo queda ínfimo frente a otros trabajos que se ríen de él en silencio dentro de la mente.
Quizás la respuesta es más personal y por lo tanto intransferible, y todas sus creaciones e ideas compartidas han sido sencillamente por el complejo motivo de deshacerse de lo que no le gustaba de su interior, de vaciar de una vez el dolor y la sensibilidad constante que, una vez que comenzó, ya no terminó. El tiempo es el único cómplice en el estudio de trabajo que funcionó día y noche, que presenció el nacimiento por el que todos matarían por ver, de esa forma con nombre propio que poco a poco se despegó de su creador como si realmente de un hijo se tratase, rebelándose y descubriéndose ante los ojos del artista como un igual que no termina de soportar, como cualquier hijo… las pequeñas copias que suponen y conforman una descendencia.

Así, y tanto, que tarde o temprano la persona recuerda que también tiene que morir, y lo hace a ojos de seguidores y creaciones que analizan el hecho con ojos vacíos…

En la lápida del autor se encuentra un nombre que bien fue nombrado en un tiempo hasta ser uno con el aire, pero ahora sólo son restos de recuerdos conscientes, estables únicamente en los pocos asistentes al funeral de aquel creador, que en el último segundo de vida comprendió que crear también significa destruir; hermanos opuestos que en realidad son la misma concepción con dos caras de escalofriante bipolaridad. “Nunca fue como él… como el grande” se insiste, se propaga al viento como si fuera una verdad ineludible, como si el propio autor hubiera deseado ser comparado. Las comparaciones siempre fueron odiosas, y más lo serán en la muerte…

…más lo serán en la muerte. Les di todo y así me lo agradecieron en el final. Pero ahora solamente existen el pasado y el presente… sobretodo el pasado. Allí ellos se portaron bien conmigo, jamás les decepcioné y ellos tampoco a mí, y cuando lo hice, fui perdonado enseguida y, yo, jamás les tuve en cuenta cuando ellos lo hicieron conmigo; es más, siempre hicieron conmigo cuanto quisieron, como hijos drogados de demasiada confianza.
Los gusanos ahora son amigos muy íntimos, como irónica inversa de haberse materializado el inconformismo que siempre me devoró. Aunque no es nada comparado con ese carcomer de no haber probado mi propia esencia, por saber qué se sentía al experimentar por primera vez cualquiera de mis creaciones. El problema era ese mismo, que las conocía demasiado bien, pues eran pequeños trozos de mí (mucho menos literales que los gusanos de mi hígado), que sin embargo poseían peso y talante como si siempre hubieran estado enfrente.
Recuerdo tanto a mi primera creación… tan pobre, básica y sencilla, tan cambiante conforme me daba el capricho del día… lo que ha tenido que aguantar y nunca me lo ha tenido en cuenta; ahora que lo pienso mejor, reconozco que ninguna de mis creaciones me ha tenido cuenta ningún error…

Es increíble como una sencilla idea va dominando la vida de uno, como la puede definir al completo o incluso solucionar. Por mucho que se me atribuyera, nunca me sentí digno del elogio, pues fueron ellas, mis ideas, las que hicieron todo el trabajo a partir de un sencillo punto e inicio, que poco a poco fueron alimentadas hasta ser capaces de andar y hacer el trabajo.
Ahora observan el mundo sin mí, donde seguirán creciendo sin fin para que me sienta orgulloso por siempre… ey, si me siento orgulloso de ellas, quiere decir que me siento orgulloso de mí… Lo he conseguido, por fin me he aceptado. Todo el tiempo lo he hecho, percatándome sólo cuando la ocupada muerte me ha concedido al fin un baile. Lo he visto al mirar a sus bellos ojos, de tal nivel de belleza que hay un precio a pagar…

…pero mereció la pena… merece la pena.

comentarios
  1. […] En Defensa del Autor […]

  2. Chuck Draug dice:

    Antes teníamos arte popular, callejero, y luego arte más clásico. Un arte que no era considerado tal para unos pocos, y otro que era para esas minorías. Los tiempos cambian con la civilización, y ahora todos podemos ser artistas y espectadores/lectores/lo-que-sea. Sentirse insultado porque ahora gente como Justin Bieber haga música o se le compare con los clásicos solamente por el hecho de hablar de que ahora el arte es más accesible en general… bueno, es una tontería, en mi opinión. Aunque no te guste lo que el niñato canadiense haga, no se puede negar que ahora el arte, así en general (aunque sea malo como un dolor), está disponible para todos, y que todos podemos hacerlo.

    Respecto a lo de exprimir, un autor no conoce sus propios límites hasta que ha llegado a ellos. Y ahí está el tema de si se exprime a sí mismo o si lo exprimen. Uno no conoce sus límites, y cuando se topa con ellos, está agotado. De ahí los parones, de ahí que de pronto estés en una época de sequía o que, directamente, no te apetezca. Llegas a un momento de hastío, donde ya no disfrutas, no te diviertes, y todo es demasiado mecánico y forzado. Incluso piensas directamente en tirar la toalla…
    … cosa que no hay que hacer.

    El autor, el artista, es incoformista en el sentido de que siempre podrá mejorar. Pero tampoco debe llegar a extremos de pesimismo o autohumillación. Debe estar satisfecho con sus avances, aunque sepa que debe progresar más. Porque, a fin de cuentas, se está expresando, sus sentimientos están ahí plasmados, positivos o negativos, altruistas o egoístas. El arte es expresión, es transmisión. Todos tenemos un ego que alimentar, otra cosa es que haya egocéntricos irritantes, o gente que es tan extremadamente modesta que da pena y asco a la vez.

    ¿Puede uno llegar a odiarse? Es un extremo tan lamentable como el de la autohumillación, pero igual de factible. ¿Puede sentirse intimidado, o envidioso, ante lo que hacen otros? Sí, sobre todo si su autoestima es fácil de quebrar. ¿Debe llorar por las esquinas? No: debe pensar en sus pasos, en qué hacer, como si necesita descansar una temporada antes de volver. El creador siempre tendrá una idea nueva y encontrará la forma de plasmarla, pero como digo, cuando estás forzado, cuando lo haces sin ganas… no puedes.